Y nació una romera

 

Yo tengo la gran fortuna de haber nacido rociero: mis padres rocieros, mis hermanos rocieros, mis tíos rocieros, mis primos rocieros y claro, como no yo Rociero; sin embargo conocí a una mujer para la que el Rocío era algo completamente desconocido.

Durante los tres años de noviazgo, le fui metiendo el gusanillo de la vida de hermandad, del amor por la virgen, de las misas de los jueves, de la “Lotera” como se conoce a Nuestra Virgen por tener su salida procesional el mismo día que la lotería en navidad, del Doce de octubre,..... en fin de todo lo que hace que el Rocío sea todo un año y no solo en Pentecostés.

Lo que ella no conocía era el camino. Intente explicárselo de mil y una maneras diferentes, pero no alcanzaba a expresar con palabras la salida de mi Hermandad, Cuatrovitas, el carril de “el Caoso”, el paso por el Quema, el Ajoli, la presentación. Intente que lo hiciera, pero por su trabajo no le venía bien, además  “que fortuna por dormir en el suelo”, “por ese dinero hacemos un viaje a Roma”; lo máximo que conseguí después de mucho insistir fue que nos acompañara el último día de camino y el fin de semana en la aldea.

Y la suerte quiso sonreírme: cuando decidimos casarnos (30 de abril) coincidió con el quinario y ya que lo celebramos en San Isidoro, fue a los pies de la Señora, terminando nuestra boda con la Salve tocada por mi primo, y rezada por todos los presentes. 

Organizamos nuestro viaje de novios para que pudiéramos ese año ir al camino juntos o lo que es lo mismo, para que terminara así nuestro viaje. Ella al principio se resistió un poco pero no supo decirme que no.

 

Yo quise que el camino fuera inolvidable, ¡¡y tanto que lo fue!!. Empezó sin Carreta de Plata, con mulos en vez de bueyes y diluviando.

 

Al amanecer el día y escuchar la que caía, con dulce inocencia me pregunto: “¿Qué digo yo, que con la que esta cayendo no saldremos no?” ...Anda cielo sigue durmiendo que nos vemos en San Isidoro.

 

Salimos, y tanto que salimos y Sevilla aun diluviando quiso acompañarnos, y la Macarena no dejo de estar a los pies del Simpecao, y los romeros, no sin dificultad por el veloz paso de los mulos, rodeaban la carreta, y las campanas del Salvador repicaron despidiéndonos, y así pasito a paso llegamos a  Cuatrovitas con el cansancio que el día y el agua nos había dejado; pero ella estaba tan emocionada que parecía no afectarle. Era como un niño en la noche de reyes: todo era nuevo y emocionante.

 

A la mañana siguiente partimos junto al Simpecao andando y algo en ella había cambiado; parecía como si llevara todo la vida haciendo el camino, se acercaba “el Quema”, momento inolvidable donde los haya, no supo que hacer y le dije que no se asustara y que siguiera junto a la carrera; y así lo hizo.

 

Sombreros en mano, "Ole mi Hermandad", romeros bautizándose, ¡¡Viva Sevilla, Viva Sevilla, Viva Sevilla!!, ¡¡y que Viva la Madre Dios!!.

 

 

No sabia donde mirar, parecía que los ojos se le salieran. Llegamos a la orilla, me agache cogí un poco de agua y se la derrame sobre la cabeza; la verdad es que no pude contener la emoción, la abrace y le dije al oído: “comprendes ahora todo lo que  quería explicarte, comprendes ahora el porque de tantos sacrificios, comprendes ahora...." shhhhhhhhhh me mando a callar y con lagrimas en los ojos ella terminó la ultima frase: "comprendo porqué a partir de hoy no podremos faltar ningún año".

 

Y en ese momento comprendí que HABIA NACIDO UNA NUEVA ROMERA.

 

 

Gonzalo Cadillá Álvarez-Dardet