CARTA DE SEBASTIÁN CONDE
A SUS PAISANOS LOS ALMONTEÑOS DE AHORA,
AÑO DE 1980
 


Hace mas de doscientos cincuenta años de mi muerte corporal, y aún vivo en ese mundo con la vida, también perecedera, de la fama. Porque, aunque muchos de los que pasan por la plaza de Santa Cruz, de Sevilla, ignoren mi nombre, todos admiran la cruz de forja que labré en 1692, todavía yo fuerte y en el poderío de mi arte.

Muchacho jovenzuelo, salí un día de Almonte, de aquel Almonte de hace tres siglos y cuarto, año más o menos. Antes de partime de nuestro pueblo, fui una mañana, camino de los Taranjales adelante, a despedirme de la Virgen Santa María de las Rocinas y pedirle su protección en mi aventura. Y salí de Almonte, aunque triste, animoso e ilusionado.

Ya en Sevilla, me asenté por aprendiz con un maestro cerrajero. Deprendí y me impuse y aventajé, no sólo en la reciumbre de trabajar el hierro en el yunque con el macho, sino también en el arte de hacer y debujar trazas, y labrar obras de forja, y arcas, y preciosos escriños de muy curiosa cerrajería, e ingenios para relojes de torre y de pesas, que todo eso comprendía en aquel tiempo el ejercicio y empleo de nuestro gremio.

Con el tiempo, me dexaminé ante los alcaldes y veedores del gremio, y, según nuesras Ordenanzas, obtuve y saqué carta de maestro, y puse y abrí taller y tienda propios. Hice grandes y pequeñas obras, algunas de mucha arte, y todas bien fornidas y muy a conciencia trabajadas. Asi salieron de mi taller obras para catedrales, iglesias y palaciios y para pública utilidad; también hice algunas para la Iglesia de nuestro pueblo, que no sé si se conservan. Pero más que ninguna de mis obras, puse arte, habilidad y gusto del trabajo en una hermosa cruz que labré en el año de 1692 para ponerla en la plazuela que se hace de cal de la Cerrajería a cal de la Sierpe, cruz admirada y religiosamente venerada por toda la ciudad de Sevilla en el tiempo que yo viví y en los posteriores, con ciertas breves alternancias que no hacen al caso.

Mi cruz ampara ahora el lugar impreciso de la sepultura del gran pintor Bartolomé Murillo, a quién conocí en persona, y a cuyo entierro asistí en la entonces iglesia parroquial de Santa Cruz, que ocupaba el solar que ahora es plaza y centra mi cruz.

A pesar de todo, ahí en mi vida mortal y aquí en la luz de Dios, yo deseaba y aguardaba para mi cruz más sublime destino, sin vislumbrar cuál ni donde.

Ahora, los ángeles que en invisibles bandadas van y vienen en vuelo constante a Las Rocinas, me dicen que habéis levantado nuevo y grandioso santuario a nuestra Patrona, que ya tiene devotos en las cinco partidas del mundo. Me dicen que estáis empeñados en que una copia de mi cruz de la Cerrajería remate la torre o espadaña de la ermita, y que es almonteño también el maestro artista que la hace, Genaro Faraco Romero, de mi mismo oficio y gremio, tan recrecida y aumentada de tamaño mi cruz como requiere la altura a que irá, pero con igual amor e igual arte labrada.

¡Este, este era el destino que yo anhelaba para mi cruz!

Al cabo de casi tres siglos y medio, aquel Sebastianillo vuelve a su Almonte, recordado por su gente y por su pueblo, porque la grandiosa ermita de la Virgen María Santísima del Rocñio, nuestra Patrona, se remata y corona con mu cruz, famosa en el mundo entero.

Yo os digo que en el punto y hora en que mi cruz, sea levantada a la altura y quede afirmada en la cima de la torres, mis huesos almonteños se estremecerán de gozo bajo la tierra sevillana. Y cada y cuando las campanas canten con sus lenguas de bronce a Maria Santísima de las Rocinas -digo, del Rocío-, mi cruz de hierro florido y mi alma se llenarán de la gloria de su nombre.

Aquel viento largo de la llanura marismeña, que siempre añoré desde que salí de Almonte, acariciará mi cruz en su altura, y las brisas olorosas a marisma, de la Canaliega, de la Mojea, de la Madre, del jaguarzal de los montecillos de la Virgen, orearán mi cruz, y será como si a mi propio pecho llegasen.

Ahora en particular, a mi compañero de oficio y gremio, Genaro Faraco, le digo: que, por vuestro propósito de reproducir mi cruz, ha conseguido que se renueve y extienda la fama de mi nombre, ignorado hasta por algunos de nuestro pueblo. Ahora ya sabéis por experiencia cuánto trabajo, contrimás entonces, me costó la forja y hechura de mi cruz, que, a la verdad, desde ahora no podré llamar mía, sino nuestra, de Sebastián Conde y de Genaro Faraco, que si la que yo hice está en el corazón de Sevilla, la que ha hecho vuesa merced está cuasi que en la mismitita puerta del Cielo; Cruz de Almonte deberían llamarla todos de ahora para siempre, que almonteños, y a mucha honra, somos dambos a dos. Asi, que Dios Nuestro Señor y la Virgen Maria Santísima del Rocío paguen a vuesa merced mi agradecimiento que, cierto, más rica y largamente que yo lo han de hacer.

Dicen que en homenaje a mi persona concurrirán muchos del pueblo, y aun vendrán gentes de todas partes al acto de empinar mi cruz -quiero decir, la de Genaro-, y dejarla colocada en su altura de la torre. Yo os lo agradezco, pero por aquí se ven las cosas muy de otra manera. Mejor es que todo sea en gloria de Dios y de su Madre la Santísima Virgen del Rocío, y en honor de nuestro pueblo de Almonte.

Desea y pido a Dios, por intercesión de la Virgen del Rocío su Madre, que nuestro pueblo guarde y conserve viva su tradición cristiana, con todas las veras que os exisgen estos tiempos de ahora, para lo cual Dios pondrá su favor y ayuda, y vosotros, mis queridos almonteños, debéis poner toda vuestra voluntad y responsabilidad.

Que el rocío de todas las bendiciones de Dios descienda sobre todo mi pueblo.

Desde las floridas Marismas del Cielo, donde no corre el tiempo, pero según vuestro contar, los doscientos ochenta y ocho años de aquel en que hice la Cruz de Cerrajería, que ahora por obra de mi amigo Genaro, alcanza su más bello y sublime destino, precisamente el que yo presentía y deseaba para mi cruz.
 


Sebastián Conde