El Rocío -UN FRANCES EN EL ROCIO DEL SIGLO XIX

EL ROCÍO VISTO POR UN PERIODISTA FRANCÉS A MEDIADOS DEL SIGLO XIX

Artículo publicado por Juan Miguel González en el Boletín Oficial  de la Hermandad Matriz de Almonte de Mayo del 2005 (Nº 24)


En 1990, traduje del francés un extenso escrito del periodista que, sobre 1858, acompañó al Duque de Montpensier a la Romería del Rocío.

Este periodista, Michel Levy Frenes, un auténtico poeta, se sintió vivamente emocionado y supo captar la extraordinaria belleza y profunda originalidad de nuestra sin par Romería.

Debido a la extensión del escrito, voy a ceñirme aquí a los pasajes que, por su originalidad, considero más dignos de destacar.

"Se requieren las carretas más nuevas, los bueyes más sólidos. Pues, para estos labradores, el buey es de todas las fiestas. La muía tiene cualidades que nadie discute: pisa con firmeza, es infatigable; el asno tiene sus virtudes: es paciente, sobrio y no rechaza nada. Pero el buey es el compañero del amo, el aliado de la familia, y es a él a quien se le confían las mujeres, lo ancianos y los niños. Además, en todos los tiempos, el buey ha tenido marcado un sitio y ha representado su papel en las solemnidades exteriores de la religión. Es un derecho que se ha rejuvenecido en el Portal de Belén. Su grave y pacífica marcha contribuye aún más a la pompa de los cortejos. El asno y la muía irán al Rocío como servidores siempre sujetos a la llamada del amo; pero el buey es de la Hermandad y su yugo está cubierto de flores".

"La Hermandad no admite más que hombres; pero ¿qué mujer no pertenece de derecho a toda Hermandad de la Virgen?; ¿qué marido puede rehusar llevar a su mujer?; ¿qué padre querrá marchar sin su hija?; ¿qué hermano se negará a llevar en la grupa a su joven hermana?; ¿Cuántos dulces y puros romances cuajarán en el camino y delante de la Ermita?"

"Pero la verdadera fiesta va a comenzar. El Lunes, en cuanto despunta el alba, cada Hermandad escucha devotamente su Misa. La de Almonte viene la última, y es la más solemne; se dice a las once. En cuanto acaba, se organiza la Procesión y se pone en marcha. Las Hermandades ocupan su sitio con su estandarte a la cabeza. La más reciente abre el cortejo; la más antigua lo cierra y se sitúa inmediatamente delante la Virgen. Nada puede compararse al emocionante silencio que se hace alrededor de la Iglesia, al grito de alegría que se escapa al unísono de todos los pechos, cuando la santa Imagen aparece en la puerta y se detiene, como queriendo pasear su mirada sobre la multitud y reconocer a sus habituales servidores.

En el desierto, en el seno de esta libre y agreste naturaleza en que el nombre de la Virgen, el recuerdo de sus favores, la tradición de su origen se mezclan por todas partes con el perfume de las flores, con el murmullo de la sagrada fuente, con el soplo armonioso de la brisa en los árboles; todo ello conmueve el corazón, porque el ojo sabe ver, porque el oído sabe oír.

La Virgen no tarda más de dos horas en hacer el recorrido de la inmensa pradera; llevada sobre robustos hombros. Ella domina el extenso recinto de las carretas y de las tiendas, bendiciéndolo todo a su paso, los hombres y los animales. A las tres, regresa a su Santuario y, durante un instante, el desierto parece haber recobrado toda su soledad.

Pero a este fugitivo minuto de abatimiento y angustia sucede de pronto un movimiento inimaginable; se levantan las tiendas, se cargan los carruajes, se vuelve a colocar el Simpecado, se uncen los bueyes, cada uno se lanza y vuelve a ocupar su plaza; en menos de una hora, la pradera está desierta, y todo lo que la llenaba ha desaparecido como por encanto.

En todas direcciones, en todos los senderos, se muestran, para desaparecer de pronto, los carruajes, los jinetes, los peatones que se apresuran alegremente. Todos llevan en el sombrero un recuerdo de la peregrinación, una pequeña imagen de la Virgen, ingenuamente iluminada, que será el consuelo de los que han quedado en casa; los otros conservarán en el corazón esta alegría íntima y dulce de una fe conmovedora. Durante veinticuatro horas, toda esta multitud se ha reencontrado con un mismo sentimiento de común adoración. El amor al prójimo (y este es el fondo del Cristianismo), siempre ganará algo con ello".

P.D. Considero conveniente aclarar que este desierto a que alude este periodista francés, no se refiere a un lugar extenso y arenoso, sino a un terreno en el que, durante el año, no existen prácticamente seres humanos. Es decir, que está desierto. Por otro lado, sitúa el autor a la Ermita en el extremo de una extensa pradera.

JUAN MIGUEL GONZÁLEZ