EL ROCIO: LA EVOLUCION DE UNA ALDEA SAGRADA

J. Carlos GONZÁLEZ FARACO y Michael D. MURPHY

Dpto de Antropología, Universidad de Alabama

 

 

La Aldea de El Rocío: pautas básicas de su evolución urbana.

El Rocío vivió un larguísimo período de marginalidad que va desde sus mismos orígenes en la primitiva ermita dedicada a Santa María de las Rocinas, probablemente erigida en el último tercio del siglo XIII (Infante Galán, 1971), hasta la segunda mitad del siglo XX. A partir de este momento, se produce una imponente cascada de cambios que están aún en pleno despliegue. Ya hicimos mención al espectacular incremento de participantes en la Romería en muy pocos años, hasta alcanzar las cifras millonarias actuales. De la misma manera podemos aludir a la geométrica progresión del número de hermandades y también a la expansión urbana de la Aldea, donde hoy se congregan unas 1900 casas en tierras consideradas baldías y sin valor de mercado hasta 1970, fecha del primer plan urbanístico de la historia del Rocío. Así pues, en sólo treinta años, con una relevante aceleración en la década de los ochenta, se produce una vertiginosa y profunda colonización del espacio, lo que, en compleja combinación con otros factores concomitantes, provoca bruscos, diversos y significativos efectos en la fisonomía de la Aldea, en su funcionalidad, en los usos y costumbres que en ella florecen y en la propia comunidad residente, los rocieros en el más estricto sentido de la expresión.

Imagen de principios del Siglo XX

 

1ª fase: desde los orígenes hasta la Guerra Civil, 1936

El martes 22 de Octubre de 1630 la Condesa de Niebla, que venía de San Juan del Puerto, pasó por Almonte y "continuó su viaje hasta Nuestra Señora de la Rocina, llevada de su devoción y para tomar un refresco...", antes de proseguir su camino hasta el Bosque y Casa de Doña Ana (Carriazo, 1999: 69). Nada indica, en la narración minuciosa del escribano, que en las inmediaciones de la ermita de la Virgen hubiera un mínimo núcleo residencial o un grupo reseñable de construcciones. Todo apunta, más bien, a que el primer intento premeditado de establecer en el Rocío un núcleo de colonos, en la que habría de llamarse Nueva Población, sucedió en el siglo XVIII. Este intento "ilustrado" del Duque de Medina Sidonia de intervención agraria en aquellos parajes encontró, como si se tratara de un conflicto entre pioneros ("cowboys" contra "farmers") del Oeste americano, la oposición de los ganaderos locales y el proyecto se frustró. No había sido la primera ni sería la última disputa territorial que se produciría en El Rocío -espacio "fronterizo"- entre el Ducado y las comunidades y concejos locales, como el de Almonte, con el que mantuvo además un pleito secular (Ojeda 1987; Comelles, 1991). Así que la nueva ermita, construida tras el terremoto de Lisboa de 1755, permanecería por mucho tiempo más en una soledad casi absoluta, sólo escoltada por contadas chozas de pastores y ganaderos.

Choza en el Acebuchal

En el Diccionario Geográfico de Tomás López (1785) (Ruiz González, 1999: 47 ) este sitio sigue llamándose La Rocina y nada indica que hubiera establecimientos reseñables, aparte del santuario. La estimación de concurrentes a la Romería, reflejada en ese Diccionario -no tenemos constancia de ninguna anterior-, es, en cambio, muy llamativa: los cifra en ocho mil "poco más o menos". Las primeras referencias explícitas al embrión de lo que habría de ser mucho más tarde la "Aldea" sólo aparecen bien avanzado el siglo XIX. Ese núcleo primitivo no sería otro que El Real, llano aledaño a la ermita con funciones festivo-religiosas y también comerciales, desde que fuera instaurada por el Duque de Medina Sidonia la Feria del Rocío en 1747, durante los días de la Romería.

Primitiva Ermita

En una carta de fecha 11 de Agosto de 1834 dirigida al Corregidor Juez de la Villa, algunos vecinos acomodados de Almonte, temporalmente instalados en El Real del Rocío ante la amenaza de una epidemia, se quejan del absoluto abandono en que vivían los residentes, de la ausencia de los más mínimos servicios y de su desprotección ante asaltos y robos, y hablan de 40 casas y 144 vecinos, contando seguramente con los que temporalmente se habían avencidado allí (Álvarez Gastón, 1978: 103-104). En otra carta, esta vez del Cabildo dirigida al Arzobispo de Sevilla y transcrita en el Acta Capitular de 12 de Mayo de 1843 (Archivo Municipal de Almonte), se especula sobre "una futura Aldea" en El Real de la Ermita, y se estiman en 30 chozas las que en ese momento allí se levantaban. Un documento municipal sin fecha, pero probablemente de mitad del XIX también, titulado "Chozas del Rocío y sus moradores", detalla una a una 34 edificaciones hechas con materiales naturales, a excepción de la Ermita, la casa del capellán y alguna casa-hermandad, congregadas irregularmente alrededor de El Real y por lo general deshabitadas, salvo unas pocas. En el cruce del Camino de Moguer y el Camino de Sanlúcar, a unos centenares de metros, había también dos pequeños enclaves habitados: el Hato del Rincón y la Venta de los Colonos (Ojeda, 1987: 329). En conjunto, en esas fechas, tal vez unos cien vecinos moraban en la Aldea, dedicados al pastoreo, la caza o la recolección y a una magra agricultura en los baldíos próximos (Álvarez Gastón, 1978: 101-120). Riera y Sans en su Diccionario (Ayuntamiento de Almonte, 1996), publicado en 1883, habla de 160 habitantes y 42 edificios, "entre habitados e inhabitados", cifras que, como hemos visto, apenas varían a lo largo de todo el siglo XIX.

Primera vista aérea de la aldea desde del Gran Zeppelin (1921)

Disponemos asimismo de algunas descripciones de viajeros extranjeros, como la del francés Antoine de Latour (1858), que confirman esta impresión de vacío demográfico o "desierto humano", como él mismo lo califica. Abel Chapman (1910), que visitó la zona en los años finales del siglo, sigue hablando de dos veintenas de chozas en tomo a la ermita y nos transmite una sensación similar. A principios del siglo XX, el Real continúa siendo el único núcleo de la Aldea del Rocío, con su milagroso "pocito", construido en 1858 sobre otro preexistente, para abastecer a romeros y transeúntes. Las edificaciones tan sólo se han extendido unos cientos de metros hacia un rincón poblado de acebuches (El Acebuchal) y al costado de la ermita que mira hacia la Marisma, quedando establecido irregularmente el primitivo cinturón urbano. El Real, casi vacío todo el año, se poblaba de una colorista multitud (unas seis mil personas a fines de siglo) en los días de la Romería. De vez en cuando, recibía la visita de los ganaderos que iban camino de las marismas (Ojeda, 1987: 328) y que, todo lo más, pernoctaban en alguna choza a la ida o a la vuelta. También seguía sirviendo de lugar de descanso estival para algunas familias de "pelentrines" locales.

Coronación 1919

En 1919, año de la coronación de la Virgen, se produce una leve inflexión en este lento, casi imperceptible, proceso de expansión urbana de la Aldea. Este acto, alentado por el clérigo hinojero Muñoz y Pabón, junto a otros rocieros notables, consigue reunir una cifra entonces espectacular, unas veinticinco mil personas. Tal éxito no logra, sin embargo, impulsar definitivamente el crecimiento de la Aldea, que en 1925 cuenta con 196 habitantes. En Febrero de 1928, Luis Bello andaba por estas tierras, visitando pueblos y escuelas, y envía su habitual crónica a El Sol de Madrid en la que podemos leer: "En el Rocío, junto a la ermita, ha ido formándose un poblado, más bien colonia veraniega, sin escuelas" (1998:268), y añade, con Rousseau y Giner de los Ríos en la cabeza, que la vida transcurre para los niños en libertad plena, como en un "mundo encantado". En ese mismo año del 928 las crónicas municipales siguen identificando la Aldea con el Real de la Virgen y sus Ruedos, aunque ya se empiezan a notar los primeros, aún tímidos, intentos de facilitar los accesos, delimitar la propiedad municipal, colonizar y organizar el espacio aldeano, intentos que sólo obedecerán a "un cierto plan" durante los años republicanos.

Entre 1925 y 1935, el Ayuntamiento de Almonte concede 92 solares para levantar nuevas viviendas (sólo se habían otorgado 40 durante los 125 años anteriores). En 1926, se vallan las marismas, con lo que la zona habitable queda nítidamente separada de esa área silvestre inundable donde pace el ganado, al que además se impone una cuota por pastos. Este acotamiento es, además, extraordinariamente simbólico, puesto que con él se traza por vez primera en la historia del Rocío una clara línea divisoria entre el espacio humano y el espacio natural (esta separación se hará visiblemente definitiva en los años ochenta con la construcción de un "paseo" ajardinado y unos miradores turísticos). En esos años (1925), se planta un breve bosque de eucaliptos para cobijo de personas y animales Se construyen y se acondicionan caminos, se instala el primer teléfono y se realiza (1930) la primera recopilación censal de las calles con casas habitadas: El Real (13 casas), Moguer (2), Rociana (2), Acebuchal (6), Villamanrique (1), Sanlúcar (9) y La Palma (4). A partir de 1931, la Corporación republicana intenta fomentar y ordenar el crecimiento urbano de la "Aldea de Ntra. Sra. del Rocío" -así se llamaba-, facilitando la concesión y la normalización de los solares y haciendo una tímida promoción "turística". También crea la primera escuela en una casa particular graciosamente cedida por su propietario, Antonio Guitart de Mendoza, depositario municipal, político republicano local y notable polemista en la prensa nacional.

Casa de la Cultura y Biblioteca

Como hemos podido ir viendo, la larga etapa aquí considerada, que va desde los orígenes hasta la Guerra Civil (1936), representa para la Aldea del Rocío un período de absoluta marginalidad, de estancamiento en el desarrollo urbano, con un leve repunte en la etapa final de los años veinte y treinta. Desde que tenemos noticias fehacientes de la instalación de la primitiva ermita, el tiempo parece haberse detenido, al menos si consideramos la historia como una recopilación de acontecimientos sobresalientes. Los hechos confirman que, después de seis siglos, pasado ya el primer tercio del siglo XX, El Rocío seguía siendo un lugar sin apenas valor, salvo como destino de una romería anual que acogía a unas 25 ó 30.000 personas venidas principalmente del área perimarismeña y las ciudades próximas. El casco urbano no iba más allá del Real, con mínimas extensiones hacia los caminos en los llamados Ruedos del Rocío: un núcleo orgánico, tejido en torno a grandes espacios, que había crecido sin apenas control. En los años de la posguerra, este tibio avance se ralentiza. Habrá que esperar a los años sesenta para que esta histórica "quietud" empiece a quebrarse drástica y vertiginosamente.

Puesto de "churros" o "calentitos" en el eucaliptar

 

 

2ª fase: desde la Guerra Civil hasta el primer Plan Urbano, 1970

En los años cuarenta, época de extraordinarias privaciones tras el sangriento período bélico, la cifra de participantes en la Romería se estabiliza en torno a los 30.000. Surgen pocas hermandades nuevas (cuatro en toda la década) y el casco tan sólo se completa en torno al "Eucaliptal" (en 1940, con sólo tres casas habitadas) y la "Venta", núcleo "suburbial" que empieza a ser nombrado como "Barrio de las Gallinas". En 1956 siguen siendo treinta mil los romeros y la Aldea sigue su lenta expansión. Pero, ese mismo año, se inicia la explotación por la Empresa Nacional Calvo Sotelo de una planta cauchera, el guayule, en la finca de Los Mimbrales, situada en la dirección de la costa, y queda trazada una pista para vehículos desde El Rocío. En 1958, sin asfalto aún, queda construida la carretera Almonte-El Rocío, y se abre así el paso a un proceso de colonización hacia el Sur que, ligado a las urbanizaciones costeras en años inmediatos, completa una doble oferta turística a la que se sumará pronto el Parque Nacional de Doñana.

Barrio de las Gallinas

El auge que van a tomar la Aldea y la Romería, a expensas de esta nueva carretera y otras intervenciones inmediatas, empieza a observarse enseguida: en 1958, la cifra de romeros (60.000) duplica a la de 1956 (30.000), volumen que no había experimentado variación alguna durante más de treinta años (Álvarez Gastón, 1981:110); se solicita la creación de dos escuelas unitarias que abrirán sus puertas el año siguiente (1959); se configuran nuevas calles en los caminos de acceso a la Aldea y se las rotula con nombres de personajes foráneos; se gana y se acondiciona una faja de tierra encharcable a la Madre de las Marismas para dar cabida a los romeros. Tales procesos "modemizadores" contrastan, no obstante, con la falta de regulación del terreno urbanizable, su infravaloración como baldío improductivo y, por tanto, su gratuidad (véase, por ejemplo, el Acta de Pleno Municipal de Almonte, de 24 de Febrero de 1961, folio 72 bis).

Tal situación empieza a dar un giro trascendental a mediados de la década de los sesenta. En 1964, comienza el suministro eléctrico en la Aldea. En Enero de 1965, la Romería del Rocío es declarada fiesta de interés turístico por el Ministerio de Información y Turismo. Ese mismo año queda abierta la carretera hasta las playas, donde el año siguiente empiezan las obras de la nueva urbanización, Torre La Higuera. También ese año, se constituye la Reserva Biológica en una parcela del Coto de Doñana comprada por la WWF y el Estado español a sus propietarios. También entonces, 1964, comienza la construcción del nuevo santuario a iniciativa del entonces Obispo de Huelva, Cantero Cuadrado, estrechamente ligado al régimen franquista y alineado con el espíritu desarrollista del momento (véanse las excelentes Memorias de Antonio Millán, 1995). Este proyecto encontró rápido eco en el Ayuntamiento de Almonte y en la Hermandad Matriz, dirigida, por vez primera en su historia, por un empresario del sector servicios, en cierto modo representante, junto a otros miembros de su Junta de Gobierno, de una burguesía local, ajena ya a los sectores agrarios tradicionales que habían detentado todo el poder de la comunidad hasta entonces, sin resquicio alguno. El afán modemizador de la economía que guiaba a esta incipiente burguesía contrasta con las pautas sumamente conservadoras del grupo agrario dominante, configurado por un influyente y extenso sector de pequeños y medianos propietarios ("pelentrines") en torno a las escasas y malavenidas familias terratenientes. La "Memoria" del proyecto arquitectónico (Mayo, 1964), citada anteriormente, recoge bien, en perfecta sintonía con los nuevos tiempos, ese nuevo espíritu, que será el que contribuya decisivamente al despegue, masifícación y rápida expansión turística de la de la Romería y de la Aldea:

"La siempre creciente concurrencia de peregrinos aumentó en gran manera al construirse la carretera que enlaza el pueblo de Almonte con el Santuario del Rocío. Teniendo en cuenta la enorme afluencia de peregrinos y turistas que de todos los países acuden al Santuario en los días de la Romería (unos 100.000), y considerando que aquella pequeña ermita, que se encontraba en estado semirruinoso, era insuficiente para las necesidades actuales del culto y asistencia de las treinta y tres hermandades filiales, que acuden de las diócesis y provincias de Huelva, Sevilla, Cádiz y Madrid, se acordó, con la bendición del Excmo. y Rvdmo. Señor Obispo de Huelva, la erección de un nuevo Santuario más capaz, conforme a las necesidades de nuestro tiempo y previniendo las del futuro.

Está en construcción el tramo segundo de la carretera Almonte-Bonanza, que une el Rocío al Caño de la Higuera, para acceso a la playa denominada Costa de la Luz que se extiende entre la desembocadura del Guadalquivir y la barra de Huelva, en las cuales Almonte tiene 60 Kms con sus 3.000 horas anuales de sol, respaldada por la magnífica llanura forestal de pinares y por el célebre Coto de Doñana, con su fauna y flora única en Europa. Los planes de urbanización de esta playa, en su zona de Matalascañas, se llevarán a cabo por Hirta, S.A. en una franja de 7 kms de extensión por uno de profundidad donde se propone construir una zona residencial de la máxima categoría internacional, con helipuerto, club náutico, muelle para pesca deportiva, plaza de toros, hoteles, etc., con un presupuesto total de diez y siete mil millones de pesetas, dándose con ello un enorme impulso al turismo internacional.

Ni que decir tiene, aparte sus valores espirituales. El Rocío, enclavado a 15 kms. De estas playas y en el centro del complejo turístico que comprende las provincias de Cádiz, Málaga, Huelva y Portugal, alcanzará gran importancia y será un especial motivo de atracción turística internacional, como ya ha comenzado a serlo".

En contraste con la celeridad con la que se acometieron los trabajos de construcción en el litoral, en El Rocío el proceso urbanizador va a retrasarse todavía un poco. El suelo urbanizable carece de valor y el casco urbano apenas aumenta su extensión. Sólo se le agregan unas pocas calles nuevas (Camino de Almonte -después Muñoz y Pabón-, Camino de Coches -después Bellavista-, Baltasar Tercero). Será en 1968 cuando, al iniciarse los trabajos previos para la formulación de un Plan Especial de Ordenación Urbana, se vislumbre un cambio de valor definitivo para aquellos ruedos improductivos.

Para comprender en profundidad esta densa e irregular etapa, conviene tener muy presentes las circunstancias históricas locales y nacionales y, desde luego, la serie concatenada que acontecen entre 1958 y 1970: la apertura de la carretera Almonte-El Rocío, el derribo del viejo y la edificación del nuevo Santuario, el comienzo de la construcción de la urbanización costera de Matalascafias, la creación de la Reserva Biológica y del Parque Nacional de Doñana, y por fin, la formulación del primer plan urbanístico de la historia del Rocío en 1970. Todo ello lo dota de la infraestructura necesaria para su extraordinaria progresión en la década siguiente. Sin duda, entre 1958 y 1970, fase que podemos llamar de "protomasifícación" o "premasifícación" suceden en la Aldea más acontecimientos decisivos que a lo largo de toda su historia anterior. A partir de ellos se irá forjando el Rocío contemporáneo.

El Real en los años 70

 

3ª fase: los inicios de la masificación del Rocío (1970-1978)

En estos años, la Romería ve crecer geométricamente sus cifras de asistentes (100.000 en 1964; 300.000 en 1974; 1.000.000 en 1980) (Murphy y González Faraco, 1996) y el suelo empieza a encarecerse. La Aldea incrementa su población y también su grado de complejidad como comunidad. En 1970, viven en el Rocío 553 personas, de las que un 25% no han nacido en el municipio de Almonte. Los aldeanos provienen ahora de 43 comunidades distintas (en 1930, sólo de tres); trabajan en veinte tipos de ocupaciones diferentes (en 1930, sólo en tres) y se han diversificado como población activa: una cuarta parte se dedica ahora al sector servicios (en 1930, sólo el 6%). También va incrementándose la cifra de los transeúntes que, por vacaciones estivales o los fines de semana, eligen el Rocío como destino para su descanso o para el jolgorio. Todo ello en contra de las previsiones del Plan Especial, en cuyo informe previo, emitido por la Comisión Provincial de Urbanismo, se decía expresamente que había que evitar "la transformación de la aldea en pueblo permanente o en pueblo de veraneo' (Ojeda, 1987: 333), subrayando la idea de que esta Aldea debería seguir siendo, por encima de todo, un espacio de peregrinación en torno al Santuario de la Virgen.

Vista aérea del Rocío a principios de la década de los 70

En 1972, año crucial para la evolución de la Aldea, arranca de facto el proceso urbanizador planeado, con la primera subasta pública de solares edificables de la historia del Rocío: 665 parcelas distribuidas en veintiuna calles nuevas. Muchos serán los almonteños que consigan un solar. Pronto, las construcciones irán multiplicándose, tal como el negocio de los alquileres de casas para la Romería. La Aldea, que amplía en varias veces su núcleo original, se convierte en un espacio extenso y cuadriculado atravesado por dos ejes laterales (los caminos de Los Llanos y de Villamanrique), bajo las pautas de un geometrismo urbanístico que contrasta con las formas sinuosas del primitivo cinturón ceñido al Santuario. Las edificaciones siguen una estética desigual basada en un tipismo convencionalmente andaluz, en el que se mezclan muy diversos elementos extraídos de las casas tradicionales de los pueblos perimarismeños, del Aljarafe sevillano, de las casas de campo, de los chalets de las playas, amén de otros que podemos considerar genuinamente "rocieros", no siempre del mejor gusto. En general, las nuevas viviendas tienen un gran salón inmediatamente después de la puerta de entrada, donde no faltan una o más imágenes de la Virgen, muchas habitaciones, cocina bien provista de frigoríficos y congeladores, patio, cuadras y puerta trasera, y terraza sombreada con cubierta de uralita. En cualquier caso, se trata de viviendas bien distintas de las austeras casas del agricultor de la zona y más aún de las tradicionales chozas rocieras Sin embargo, no se construyen hoteles (los primeros se abrirían en los años noventa) y los edificios públicos escasean. La Aldea, que cuenta con unos cientos de habitantes, es un caserío medio vacío y mudo, apenas alterado los fines de semana, hasta que explota la fiesta en primavera o se puebla, en parte, durante el verano. Pocos bares y restaurantes, pocos comercios; la casa es el lugar donde se vive y donde se recibe a los amigos, se canta y se baila.

Hemos podido comprobar, al analizar esta etapa de "inicios de la masifícación" en la que El Rocío da un giro trascendental, que queda enmarcada y definida por dos años clave, 1972 y 1980, y dos sucesos significativos. En 1972 tiene lugar la primera subasta pública de parcelas, como consecuencia inmediata del plan de 1970. Con esta subasta se impulsa una expansión urbana de la Aldea que se implementará aún más con la reforma de este plan en 1978. En 1980, la Romería, que no ha dejado de crecer, alcanza la mágica cifra de un millón de participantes. En pocos años, se ha transformado en un rito masivo.

Sin embargo, también hemos podido comprobar que tales cambios, a pesar de su imponente magnitud, no modifican sensiblemente el peculiar estilo urbano del Rocío. Cuando se inicia la década de los ochenta, en pleno apogeo el proceso de masifícación, la Aldea ha logrado conservar sus cualidades distintivas como espacio urbano único. Ha triplicado su tamaño y, sin embargo, sigue manteniendo su sentido y funcionalidad como centro de peregrinación, organizado en torno a la ermita de la Virgen y su Romería anual. Las edificaciones se componen de casas familiares y de casas de las hermandades, que son en El Rocío el equivalente funcional de los conventos en Lourdes. Han sobrevivido las antiguas plazas y, en la ampliación del núcleo urbano, se han diseñado otras nuevas para las necesidades derivadas de las celebraciones de Pentecostés.

La continuidad paisajística entre el caserío, la marisma y los baldíos no ha sido quebrada. En plena fiebre constructora, cuando la superficie de la Aldea crece aceleradamente y la Romería se masifíca, muchas hermandades y muchos romeros siguen realizando la tradicional acampada en las plazas y en esos otros espacios públicos de las afueras de la Aldea, viviendo varios días al aire libre en una especie de "ciudad improvisada" en la que se recrea cada año una estrecha y grata convivencia. El Rocío, a pesar de los cambios, se nos sigue mostrando como un pueblecito blanco en medio del campo, con edificios de baja altura dominados por el campanario del nuevo Santuario.

 

 

4ª fase: desde 1978 hasta finales del siglo XX

Pero el proceso modernizador ya no cesará. Se sigue realzando con denodado interés el atractivo turístico de la Aldea y se alienta la proliferación de casas con fines festivos o para estancias vacacionales. Precisamente en 1978, como ya adelantamos, mientras la Virgen del Rocío y su Romería van ganando audiencia y difusión, con signos claros de masifícación, ve la luz una reforma del Plan Urbano anterior que amplía el casco edificable en otras veintiuna calles. Buena parte de sus solares pasarán a propiedad de vecinos de Almonte tras una "subasta" restringida realizada poco después (1980).

En los primeros años de esta fase, ya de plena masifícación, aunque la población residente crece pausadamente, la Aldea apenas dispone de servicios públicos, ni el propio Ayuntamiento tiene un edificio administrativo, ni apenas personal, no hay red de saneamiento y las escuelas, cuatro aulas medio derruidas, son insuficientes. Pero los efectos perversos de una urbanización rápida y en parte caótica van vislumbrándose ya, y los conservacionistas, desde Doñana y sus instituciones, dan la voz de alerta ante el fundado temor de que las aguas residuales terminen en la Madre de las Marismas, o se pierda la arquitectura tradicional de la Aldea, balcón del Parque Nacional.

Aparentemente, los gobernantes locales participaban de esta defensa del "tipismo de la Aldea", por ejemplo desautorizando un eventual poblado para los colonos del Plan de regadíos Almonte-Marismas, porque rompería "el encanto de todo su entorno", o replantando en 1989 el bosquete de eucaliptos que databa de 1925 y que fue arrancado muchos años después, "al objeto de ir recuperando en toda su pureza las tradiciones rocieras" (López Peláez, 1989). Pero las constantes iniciativas urbanísticas de esa larga etapa, con corporaciones municipales diferentes, desmienten esta aparente unidad de criterio estético. La Aldea se convertirá, a partir de ahora, en un espacio contradictorio, en el que las imágenes contrastarán irónicamente con los hechos.

El antiguo eucaliptar antes de ser cortado

De un lado, la imagen del Rocío como lugar pintoresco y exótico ("que parece fabricado para un western") (Caballero Bonald, 1996), casi despoblado y acabada expresión de lo natural, prospera. Su privilegiada ubicación, al borde de Doñana, la difusión del ambientalismo como ideología de las sociedades urbanas, la Romería como símbolo de un regreso a lo rural y como reencuentro con las profundas raíces de Andalucía (Rodríguez Becerra, 1989): todo contribuye a potenciar esa imagen casi mítica. Por otro lado, esto sucede cuando el proceso masifícador alcanza sus más altas cotas (1.200.000 romeros en 1986), cuando la alta burguesía financiera de Madrid se viste de corto y acude a la Romería, cuando los alquileres oscilan entre las 500.000 y el millón y medio de pesetas y en el antiguo "costo" el vino cede ante el whisky y los cuba-libres. Y también cuando la magnitud urbana de la Aldea es la mayor de su historia. Estas paradojas serán en adelante las que definan la identidad híbrida del Rocío, donde lo local, que propende sin cesar hacia un potente localismo -en la toponimia urbana es patente, sobre todo a partir de 1986 (Murphy y González Faraco, 1996)-, comparte escena con una fama universal que tiene su refrendo definitivo en estos mismos momentos con la propuesta de la Unesco de declaración de la Romería como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Donde lo natural, encarnado en los caminos que transitan por Doñana y en el espíritu campero y rural que todo lo invade, se funde con palpables indicadores de modernidad y, donde, en fin, las tradiciones y los cambios van de la mano.

Vista aérea del Rocío en 1978

 

La modernización no sólo no impide sino que alienta el sentido mítico y excepcional de este lugar al que acuden "en romería" los aficionados a los ovnis por ser, dicen, un sitio de muchos avistamientos; o al que atribuyen los arqueólogos (Fernández Jurado, 1986) y los poetas una fascinante historia precristiana, relacionada con deidades femeninas del Mediterráneo:

"Esta Virgen del Rocío viene a ser como una visión cristiana de la diosa de la fecundidad, la Astarté fenicia -la Afrodita griega-, cuyo culto está documentado en Tartessos. Como también lo están la paloma y el toro, la Blanca Paloma y los toros robados por Hércules a Geryon -primer nombre conocido de un rey tartésico-, según muy arcaicas fuentes semíticas" (Caballero Bonald, 1996).

Sin embargo, y a pesar del éxito de estas imágenes, el hecho es que El Rocío ya ha dejado de ser un breve poblado en medio de una naturaleza exuberante, apeadero de pocos transeúntes, y domicilio de unos pocos vecinos atados a una economía de predación, a la que apenas había llegado la revolución neolítica. Ahora, sin perder por completo su estilo propio, es un pueblo parecido a los de su entorno geográfico. La funcionalidad de la Aldea se multiplica (además de centro de peregrinaciones, es sitio de veraneo y destino para el esparcimiento en fines de semana), con esa indefinición característica de todo espacio humano sobre el que llueven, en poco tiempo, muchas intervenciones externas. En pocos años, El Rocío se ha convertido en una de las bases de la progresión económica del Municipio de Almonte, y, desde luego, del poderoso sector de la construcción. Su caserío lo componen unas 1750 viviendas (véase el "Listado de contribuyentes del Municipio de Almonte", de Marzo de 1990), de las que sólo un 27%, están ocupadas todo el año por vecinos de la Aldea.

Sin embargo, y tal como comentamos al finalizar el análisis de la fase anterior, tampoco los importantes cambios operados en la Aldea en esta fase de masifícación "madura" (1978-1999) han acabado con el peculiar estilo urbano del Rocío. Cuando el siglo XX toca a su fin, en medio de una acelerada urbanización, la Aldea ha logrado conservar algunos de sus rasgos más distintivos como espacio (sus calles arenadas, sus grandes plazas abiertas, su continuidad paisajística con la naturaleza circundante, su baja densidad comercial y hostelera...) y, sobre todo, su sentido primordial como centro mariano que gira en torno a un santuario y a una multitudinaria romería. Lo que este proceso modernizador dará de sí, ya en el nuevo milenio, es ahora imprevisible, aunque todo apunta a que puede acelerarse y a que podrían introducirse cambios radicales en la evolución urbana y funcional de esta "Aldea Sagrada".

El Real en la actualidad

 

El Rocío, de lugar fronterizo a epicentro de Andalucía: a modo de epílogo.

"Fronterizo" es, probablemente, el mejor adjetivo que podemos elegir para calificar el trozo de territorio que hoy conocemos por El Rocío y comprender, al menos en parte, muchos de los avatares históricos allí acaecidos. Su ubicación, en el último punto de tierra firme al borde de las marismas, espacio apartado e inhóspito, sólo apto para la predación, en una franja de terreno indeciso entre las tierras concejiles y las acotadas fincas ducales, hoy mismo en el límite de un espacio natural reservado, le otorga esa cualidad de lugar de frontera, marginal, en el que ha menudeado la disputa territorial y ha arraigado la sensación de que estamos ante una tierra abierta, térra omnium, un escenario "neutral" (a pesar de fuerte presencia de lo local), escasamente regulado durante siglos, en el que muchos andaluces han encontrado un sitio y una referencia propios.

Ayuntamiento del Rocío

Resulta irónico que quienes visitan por vez primera la Aldea de El Rocío, sobre todo los que vienen de más lejos, no suelan resistir la tentación de compararla con una escena propia del "Salvaje Oeste" americano o con uno de esos pueblos fronterizos imaginarios, que tanto aparecen en las películas made in Hollywood, como si El Rocío hubiera sido edificado a su imagen. Con sólo mirar las calles de la Aldea, es fácil comprender el porqué de tan recurrente comparación. Nada más entrar en la Aldea, podemos enseguida toparnos con algunos de los rasgos más estereotipados de los viejos poblados del Oeste americano del siglo pasado. Vemos hileras de casas alineadas a lo largo de calles arenosas, con la presencia de elementos externos para atar caballos y la ausencia de cualquier cosa relacionada con la regulación del tráfico de coches y de viandantes; sentimos la proximidad de la naturaleza y percibimos incluso una sensación de vacío (un desierto humano, le pareció a Latour) y abandono al observar el imponente caserío con muchas viviendas cerradas y pocos habitantes. Recordemos que, en el Viejo Oeste, el bullicio caótico de las calles de muchas ciudades prósperas podía de repente enmudecer, cuando la fortuna les daba la espalda; eran entonces abandonadas y al poco se convertían en verdaderas "Ghost Towns", "ciudades fantasma".

Evidentemente, el cuadro "fantasmal" de la Aldea nada tiene que ver con las imágenes producidas por Hollywood en cientos de películas de indios y vaqueros, recreadas ahora, a fines del siglo XX, en maquetas de parques minitemáticos a los que acuden los turistas americanos para, con el pago de una entrada, saborear una supuesta herencia social en la que ni ellos ni sus antepasados tuvieron la menor participación. Como ha señalado Umberto Eco (1986), las modernas y comerciales "ciudades de la frontera" del Oeste son esmeradas simulaciones con actores y decorados, mucho más cercanas a los clichés cinematográficos que a las duras condiciones de vida del Viejo Oeste del siglo XIX. Los turistas americanos, quintaesencia del peregrino seglar, viajan hasta estos lugares, a veces muy alejados de sus domicilios, para poder "participar", por un módico precio, en un legado "cultural" absolutamente ajeno a ellos y a sus familias, y sentir nostalgia de lo que nunca tuvieron.

Terrazas delante de las casas rocieras

En perfecto antagonismo con ese fenómeno, el Rocío es más que una "aldea sagrada", destino de una peregrinación religiosa; es también un lugar en el que los andaluces proclaman, renuevan y afirman sus tradiciones sociales reales. Muchos rocieros se sienten atraídos, y hasta arrastrados, hacia este rincón marismeño consagrado por la presencia de la imagen de la Virgen, pero incluso aquellos que llegan a la Aldea sin motivación religiosa alguna no son meros turistas, no son espectadores pasivos, participan en un variado y colorista espectáculo de intensificación cultural. Así como Eric Wolf(1958: 38) definió el culto a la Virgen de Guadalupe como "una manera de hablar de México", al Rocío lo podríamos ver como una representación de Andalucía en la que se muestran y se admiran sus muchas expresiones artísticas populares y se vive (se inhala, nos gustaría acaso decir) su particular estética. Tal apreciación es, desde luego, controvertida. No han faltado quienes, como Richard Ford y José Ortega y Gasset o Francisco Umbral y Antonio Muñoz Molina, más recientemente, han criticado, a veces con severidad, ciertas imágenes y producciones de la cultura andaluza, como El Rocío, por su paganismo, su narcisismo o sus tópicos costumbristas, según el caso.

Que el Rocío, sin restar importancia a las transformaciones acaecidas ni desdeñar estos juicios críticos, sea un lugar en el que se articulan y se integran algunos, tal vez los más emblemáticos, elementos de la tradición cultural andaluza no sólo diferencia a esta Aldea de los históricos o de los inventados "pueblos fronterizos" del Oeste, descritos por Eco. También la distingue, y no poco, de los otros grandes centros de peregrinación mariana de Europa: La Sallette, Lourdes, Knock, Fátima y Medjugorje. En ellos, las instituciones de la Iglesia han modelado desde el primer momento cuanto concierne a la devoción y han controlado, en cierta medida, su proceso de rápida masifícación, cada vez más diversificada culturalmente. En El Rocío, en cambio, la comunidad local -es decir, los almonteños- ha logrado mantener, de manera significativa, su primacía, tanto en lo religioso como en lo civil, desde que se produjeron los primeros intentos relevantes de intervención foránea en la Aldea. Hablamos, ya lo dijimos, de cuando los ganaderos locales consiguieron expulsar de ella, entonces simples baldíos en torno a una pequeña ermita, a los colonos agrarios que el Duque de Medina Sidonia pretendió asentar allí en el siglo XVIII.

En El Rocío, el proceso de modernización (incluyendo la masifícación de los ritos) que hemos venido describiendo ha partido de una cultura previa y una comunidad preexistente, cuyas señas de identidad estaban marcadas por el aislamiento, la fuerte consanguinidad y un modelo de vida anacrónico sustentando por los recursos naturales y con una mínima sofisticación tecnológica. Su notable expansión ha ido reduciendo el sentido comunitario original, pero, sin pausa, éste ha ido siendo sustituido por un evidente localismo frente a la masifícación y extraordinaria difusión de la devoción rociera (Murphy y González Faraco, 1996). Ahora bien, ni los almonteños, en general, ni la comunidad de los pobladores de la Aldea, en particular, pueden ser identificados ya, ahora menos que nunca, con una entidad social y cultural homogénea y simple. Por eso, no es extraño que los "panzurrinos" de alguna edad y las familias almonteñas del veraneo tradicional en la Aldea añoren hoy un tiempo pretérito, definitivamente perdido, en el que la Aldea era un lugar pequeño y tranquilo, sin lujos y adelantos, pero familiar y -dicen ellos- más solidario.

El Rocío de madrugada

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El Rocío - HISTORIA DE LA ALDEA