LA CAPELLANIA DE BALTASAR TERCERO

Manuel Romero Triviño

 

Baltasar Tercero, aventurero y novelesco personaje de la Sevilla de mediados del siglo XVI, hijo de Cristóbal Tercero y Catalina Ruiz, vivió en Lima desde 1556 hasta 1594 ejerciendo sus oficios de cerrajero, armero, platero, relojero y por añadidura, fue negociante en toda clase de mercaderías, en trigo, en esclavos negros, en caballos, en armas; amigo de truhanes y de frailes, de capitanes conquistadores, como el Adelantado Álvaro de Mendaña, y de clérigos, médicos y mercaderes.

Plano de Lima en la época de Baltasar Tercero

Es curioso e inquietante que un sevillano de estas condiciones y circunstancias personales, que hacia más de treinta años que marchó a las Indias, al hacer su testamento en 1587, mande un legado de tal importancia a la Virgen de las Rocinas. Evidentemente, alguna relación de devoción y cercanía debió de tener Baltasar Tercero con la Virgen de las Rocinas y con Almonte antes de marchar a las Indias, para fundar una capellanía, también llamada Obra Pía, para acordarse en Lima de la Virgen de las Rocinas y de su pequeño santuario a la orilla de la Madre de las Marismas.

Recuerda Baltasar Tercero detalles y circunstancias del lugar, situación del santuario en término de Almonte, cerca del camino entre esta villa y Sanlúcar de Barrameda; sabe y recuerda que hay gentes que hacen su vida por aquellos campos, y que, por la lejanía de la Ermita, no hay allí frecuencia de misas. Recuerda todo esto claramente en su testamento. ¿Por qué?

Sin duda alguna hay aquí algún misterio, un secreto en la vida de Baltasar Tercero, que él trata de expiar por tan cómodo procedimiento como era el que todo crimen e inmundicia que hubiere en la conciencia se lavaba dejando en el trance de morir un buen legado para misas, por descargo de su conciencia, aunque todo es necesario decirlo, con una gran fe, un claro sentido cristiano del pecado y su reparación.

La clave del secreto quizás está en una hija natural que había dejado en Sevilla al partir a las Indias, Inés de Torres.

Baltasar Tercero dicta y ordena su testamento en Lima, ante el escribano público Esteban Pérez, el 11 de febrero de 1587, siendo testigos llamados y rogados el Padre García Flores, presbítero, y Álvaro Marín, y Juan Muñoz, y Juan Rodríguez, y Diego López, estantes en esta ciudad; y el dicho otorgante dijo que no sabe firmar, y rogó a un testigo lo firme por él, el cual lo firmó.

En el testamento declara y dice: natural que soy de la ciudad de Sevilla en los Reinos de España, hijo legítimo de Cristóbal Tercero y de Catalina Ruiz, su mujer, naturales de Córdoba. Declara también que está casado con Catalina Guerra, y ha que casé con ella ocho o nueve años, poco más o menos. Recordaría Baltasar Tercero en estos momentos cuando andaba amancebado con la tal Catalina Guerra, viuda de Rodrigo de Escalona, del cual tenia hijos; y cuando, siendo relojero de la ciudad de Lima, que, aunque mal cumplidor, lo fue por muchos años, metió en la vivienda que habitaba en las propias casas del Cabildo, a su manceba, la dicha Catalina Guerra, con gran escándalo del Concejo, Justicia y Regimiento de la ciudad, que hubo de tomar sus providencias al respecto, y ello fue causa de su casamiento. Y no dejaría de recordar sus demasías con los indios de su chácara, pues que ordena se digan doscientas misas rezadas por las ánimas de los indios a quienes soy en cargo.

Fragmento del testamento

Y luego mandó y dispuso que de la parte que he de haber y me cupiere de mí parte, se saquen dos mil pesos ensayados y marcados, que mi mujer los envíe a España y se lleven a la villa de Almonte, que es a diez leguas de Sevilla, y allí se echen en renta fija y perpetua, y con ello instituyo una capellanía en la ermita que se llama Nuestra Señora de las Rocinas, que está entre Sanlucar de Barrameda y la dicha villa de Almonte, adonde mando se diga una misa cada día perpetuamente, y la renta que montare de los dichos dos mil pesos, si se pudiere decir la dicha misa cada día, se diga; y, si no, se digan cuatro misas cada semana, y las fiestas principales del año, cantadas; y sean las dichas misas por mi ánima, y de mi mujer, y de mis padres, y difuntos, y deudos, y parientes, y almas del purgatorio; porque los que están cercanos a la dicha ermita la vayan a oír la dicha misa; y que la sirva el clérigo pariente más propincuo que yo tuviere, sí lo tuviere, y si no, el clérigo que nombrare el patrón o patronos desta capellanía, que sea hombre honrado y de buena vida y fama; y que el dicho capellán tenga cuidado de hacer llamar a los comarcanos de la dicha ermita a que vengan a oír la dicha misa, porque, estando en el campo, muchas veces la dejan de oír. Y que el dicho capellán pueda cobrar la dicha renta, para que la haya, y de ella se pague lo que ha de haber por servir la dicha capellanía; el cual dicho capellán sea obligado a asistir en la dicha capellanía y a vivir en la dicha ermita, pues que ha de gozar de la dicha renta. Y nombro por patrones de la dicha capellanía a la Justicia y Regimiento de la dicha villa de Almonte, y al cura o vicario de dicho pueblo, y al pariente más propincuo que yo tuviere, y, a falta de varón, lo sea la parienta que yo tuviere, para que vean si se cumple la dicha capellanía, y que la hagan cumplir, y poner al dicho capellán que la sirva, y removerlo y poner otro de nuevo si no la sirviere como debe. Y el dicho patrón que así nombro ha de ser la Justicia y Regimiento que son o fueren de la dicha villa de Almonte, y el cura que es o fuere del dicho pueblo, y el pariente o parienta más propincuo que tuviere, a los cuales doy poder cumplido in solidum que al derecho se requiere para que compren la dicha renta, y funden la dicha capellanía, y elijan el capellán que la sirva, porque para ello les doy poder y comisión cumplida con sus incidencias y dependencias, y con libre y general administración para lo que dicho es.

Y puesto que el servir esta capellanía, según voluntad del fundador, exigía que el capellán viviese allí, junto a la ermita de Santa Maria de las Rocinas, Baltasar Tercero no deja cabo suelto, y manda y dice:

Que se tomen de mis bienes quinientos pesos ensayados y se envíen a España, al dicho pueblo de Almonte, y se echen a renta fija perpetua, y con la dicha renta los dichos patrones que tengo nombrados para la dicha capellanía atrás declarados, puedan gastar la dicha renta en reparos de la dicha ermita de Nuestra Señora de las Rocinas, y para en que viva el clérigo que sirviere la dicha capellanía, y para ornamentos, y para las demás cosas necesarias para servicio de la dicha capellania, porque esta es mi voluntad.

Tiempo largo llevaría cavilando sobre este propósito, porque todo está dispuesto y muy pensado y con mucha minuciosidad previsto. Y por fin de todas estas detalladas disposiciones, dijo y mandó anotar al escribano:

Y ruego y encargo a los dichos Justicia y Regimiento que son o fueren de la villa de Almonte, y al cura y vicario de ella, y al pariente más propincuo mío, que así he nombrado por patrones, que tengan cuidado de que se cumpla lo susodicho, porque esta es mi voluntad.

Baltasar Tercero vivió todavía siete años después de otorgar su testamento; murió en Lima en 1594 y, aunque era feligrés de la parroquia de Santa Ana, fue sepultado, tal como había dispuesto en su testamento, en la iglesia del convento de San Francisco, recién fundado cuando Baltasar Tercero llegó a Lima, donde yacen sus restos.

Convento de San Francisco

Llegados los dos mil quinientos pesos a la Casa de la Contratación, en Sevilla, incoados los correspondientes autos sobre estos bienes, hizo acto de presencia en ellos Inés de Torres, hija natural del testador, habida de una mujer honesta, antes de marchar Baltasar Tercero a las Indias, a la cual hubieron de entregársele cien ducados para sus alimentos, que mermaron los fondos fundacionales, de modo que el Concejo de Almonte recibió solamente novecientos veinticinco mil seiscientos setenta y cuatro maravedíes, descontados también, como era razón, los derechos judiciales causados en el Perú y en la Real Audiencia de la Casa de la Contratación.

En cabildo de 23 de abril de 1597 el Concejo de Almonte dio poder a Francisco de Rivadeneyra para que cobrase los dos mil quinientos pesos en la Casa de la Contratación; por diversos motivos, hasta el 14 de abril de 1598, el cura Juan Pinto no pudo cobrar, otorgando en la Casa de la Contratación la siguiente

Carta de Pago.

En Sevilla, en la Casa de la Contratación de las Indias, en catorce días del mes de abril de mil y quinientos y noventa y ocho años, ante mi el escribano y testigos yusoescritos, pareció presente Juan Pinto, cura y vicario de la villa de Almonte, por sí y en nombre del Concejo, Justicia y Regimiento de la dicha villa, como patronos de la capellanía que fundó Baltasar Tercero, difunto, en Nuestra Señora de las Rocinas, vecina a la dicha villa de Almonte y, por virtud de el poder que del dicho Concejo tiene, y en virtud de los autos en esta causa proveídos por los señores presidente y oidores de la Real Audiencia desta Casa, y otros, y los que ha recibido y recibió de los señores presidente y jueces, oficiales de Su Majestad desta dicha Casa, novecientos y veinte y cinco mil y seiscientos y setenta y cuatro maravedís, complemento a los dos mil y cuatrocientos y cuarenta pesos y siete tomines y diez granos ensayados, que por bienes del dicho Baltasar Tercero, difunto se trajeron a esta Casa, para la fundación de la dicha capellanía, que con esto que agora recibe, y con cien ducados, que por auto de los dichos señores se cedieron a Inés de Torres, hija natural del dicho difunto, para sus alimentos, es al justo los dichos dos mil y cuatrocientos y cuarenta pesos y siete tomines y diez granos ensayados, de los cuales dichos novecientos y veinte y cinco mil y seiscientos y setenta y cuatro maravedís, por sí y en dicho nombre, se dio por contento y pagado y entregado a su voluntad, porque los recibió de los dichos señores presidente y jueces, oficiales de Su Majestad desta Casa en la sala del tesoro della en real servicio, y en presencia de mí el escribano y testigos yusoescritos, de que yo el dicho escribano doy fe; y otorgó carta de pago en forma y lo firmó de su nombre, de lo cual doy fe que conozco. Testigos, Antonio Hernández y Juan González, porteros, y Pedro de Chaves, vecinos de Sevilla.

Juan Pinto

Ante mí,

Juan Núñez de Bohórques

escribano.

Casa de la Contratación de Sevilla

El cura Juan Pinto no quiso ponerse en camino de Almonte con tal cantidad de dineros en la bolsa; los dejó en Sevilla, en poder de don Juan Pichardo, almonteño, que era racionero de la Catedral hispalense desde 1591.

En cabildo de 19 de abril del año 1594, el Concejo almonteño se da por enterado del cobro y se acuerda dar a tributo al cura Juan Pinto y a sus hermanos Alonso y Fernando, con hipoteca de sus bienes, dos mil pesos, que redimieron y cancelaron más tarde, por escritura de 31 de diciembre de 1607. En cabildo de esta misma fecha se acordó emplear mil pesos en fincas, porque los mil restantes los había recibido de nuevo a tributo por hipoteca el mismo don Juan Pinto, que los redimió en 4 de marzo de 1618. Entonces los tomaron en las mismas condiciones y por mitad, quinientos pesos cada uno. Antón Moreno, vecino de Almonte, y Juan de la Sagra, vecino de Almonte.

El Concejo de Almonte cumplía cuidadosamente sus obligaciones como patrono de la capellanía. En cabildo de 24 de abril de 1613, estando junto Gonzalo Fernández, beneficiado y cura más antiguo desta villa, como patrono de la capellanía de Nuestra Señora de las Rocinas, se trató que se nombre tesorero de el dinero que se ha de cobrar, que toca a la casa de la capellanía de Nuestra Señora de las Rocinas, y se nombró para ello por tesorero a Francisco Hernández, mercader y tesorero del cabildo de esta villa, a el cual se le dé poder para que pueda cobrar el dicho dinero, así lo caído como lo que corriere de aquí adelante en lo tocante a la casa de la capellanía.

En el mismo cabildo se trató y acordó todo lo referente a la edificación de la casa para el capellán, que había de levantarse junto a la ermita de las Rocinas, como se hizo y llevó a efecto andando el tiempo.

Nada intervenía, entonces la Hermandad, en la tenencia ni administración de bienes y rentas de las fundaciones piadosas para el culto de la Virgen, que tenían, según voluntad y disposición de sus fundadores, patronos y administradores propios e independientes; fundaciones que, como todas las de su género, vinieron a desaparecer como consecuencia de las conocidas desamortizaciones de fines del siglo XVIII y primera mitad del XIX.

Como bien se sabe, en 1798, Carlos IV, agobiado por las deudas del Estado, decide la enajenación de los bienes de todas las Obras Pías, (recordemos que la Capellanía de Baltasar Tercero se le conocía también como la Obra Pía de Ntra. Sra. del Rocío) y posteriormente en 1836, la desamortización eclesiástica de Mendizabal, termina definitivamente con la situación privilegiada de la Capellanía, viendose privada de sus bienes y rentas.

Por lo que concretamente se refiere a los bienes pertenecientes a la capellanía fundada por Baltasar Tercero, quedaron incursos en las desvinculaciones ordenadas por ley de 24 de junio de 1867.

Liquidación de la Capellania en 1867

 

A raíz de todo ello y por lógica consecuencia, el culto en la Ermita quedó algo desatendido por los Patronos de la Fundación, los Cabildos secular y eclesiástico de la Villa de Almonte (Ayuntamiento y Parroquia) y como consecuencia, la Hermandad adquiere un mayor protagonismo en detrimento de los patronos.

Desaparecida la Capellania, la Hermandad y Parroquia de Almonte, toman el relevo y son ellas las que organizan los cultos del Rocío y las demás hermandades rocieras, contribuyen con su presencia y participación en las fiestas principales y en las visitas anuales a la Virgen, como sucede hasta nuestros días.

Se desprende de todo lo anteriormente enumerado, la singular importancia que esta capellanía fundada por Baltasar Tercero, tuvo en el más constante culto de la Virgen en su santuario, y por tanto, en el desarrollo de la devoción rociera.

Calle en El Rocío dedicada a Baltasar Tercero

Si no hubiera sido por aquel legado dejado por Baltasar Tercero, una fortuna para la época, quién sabe si la Ermita de Nuestra Señora de Las Rocinas hubiera corrido la misma suerte que su vecina y homóloga de Santa Eulalia (u Olalla) y su devoción se hubiera perdido o en sumo caso, mermado al mínimo.

Para terminar, resaltar un hecho curioso y de una gran relevancia: Baltasar Tercero, por todo lo expuesto, fue el primer rociero de Sevilla constatado documentalmente.

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Bibliografía:
"Documentos de las Fundaciones Religiosas y Benéficas de la Villa de Almonte y Apuntes para su Historia" - Lorenzo Cruz de Fuentes (1908)
"Rocío: La Devoción Mariana de Andalucía" - Juan Infante-Galán (1971)
Archivo Particular